CESE AL FUEGO

Por - CNEC
17-09-19 18:36

Juan Antonio Bazán Martínez. Maestro en Gestión de Desarrollo por la London School of Economics y licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidad Anáhuac. Es profesor en temas de desarrollo económico y pobreza en la Facultad de Estudios Globales de la misma universidad y se ha desempeñado como consultor en temas de comunicación e incidencia política. Ha trabajado a lo largo de su carrera con distintos gobiernos y organizaciones importantes, como el Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas, Oxfam en México y USAID.

En 1988, durante su último discurso como presidente, Ronald Reagan esbozó lo que sería una promesa hacia una nación con más y mejores oportunidades para todas las personas que vislumbraran un futuro en Estados Unidos:

“Otros países pueden intentar competir con nosotros, salvo en un área vital, como un faro de libertad y oportunidades que atrae a la gente del mundo y donde ningún otro país se nos acerca; esta es una de las fuentes más importantes de la grandeza estadounidense. Nosotros lideramos el mundo porque, únicos entre las naciones, conseguimos para nuestro pueblo la fuerza de todos los países y todos los rincones del mundo”. 

 

De tierra de oportunidades a lugar de racismo e incertidumbre


Por desgracia, y por azares de las transiciones democráticas, esa promesa ha quedado atrás. Estados Unidos ya no es un faro de libertad y oportunidades, ya no atrae a la gente y definitivamente, no está consiguiendo para su pueblo la fuerza de todos los países del mundo.

Por el contrario, esta supuesta tierra prometida se ha convertido en un lugar de incertidumbre, presión, discriminación y rechazo hacia “la gente del mundo”, específicamente de los países en desarrollo. Y aunque esta vislumbre de racismo no es exclusiva de EU, la ola de odio ha ido acumulando fuerza dentro del gigante americano, donde la supremacía blanca está normalizada.

El 3 de agosto del presente año, Patrick Crusius, un supremacista blanco de 21 años manejó durante 10 horas desde la ciudad de Allen a El Paso, Texas, con el frío propósito de abrir fuego en un centro comercial con un rifle de asalto AK47 y cobrarse la vida de “tantos mexicanos fuera posible”. Este tipo de crímenes de odio ideológicos y raciales no tiene otra denominación distinta a la de terrorismo. Horas más tarde, se registró otro tiroteo en Dayton, Ohio, que cobró la vida de 10 personas más, en uno de los días más sangrientos de los últimos años en la historia de esa nación.

En lo que va del año se han registrado otros cinco tiroteos masivos y cabe destacar que desde el inicio de la administración de Donald Trump, se ha registrado un incremento sustancial en la incidencia de estos crímenes, en comparación con la administración de Barack Obama. La diferencia no reside en el tipo de políticas o de administración sino en el discurso.

 

Segunda enmienda y discursos de odio


De 2016 a 2018, poco más de un año después de que Trump entrara en funciones, las cifras de tiroteos masivos casi se duplicaron. Esto en comparación con la administración de Obama, que, si bien no fue la más sutil, mantuvo un rango aceptable de casualidades en este rubro.

 

A raíz de esto, se ha hecho un sinfín de protestas en contra de la violencia y el control de armas en todo el país y el mundo, pero pareciera que la controversial exposición mediática de Trump acerca de la “grandeza americana” no ha causado más que dar pauta a los racistas “de clóset” de profesar su ideología sin temor a las represalias, juicios o consecuencias, en consonancia con la visión supremacista de su líder que no debiera ser cuestionada.

Así, podemos remitirnos a las notas y comunicados oficiales sobre el tiroteo en Dayton, que inmediatamente aislaron el caso, justificando que el perpetrador era anti-Trump, no tenía motivos

raciales y que era “satánico”. La excusa perfecta para no juzgar al hombre blanco, que además no debe ser catalogado como terrorista, sino como enfermo mental.

Un ejemplo de lo anterior es cuando, durante un rally en Florida, mientras el mandatario lanzaba la pregunta abierta sobre “¿Cómo los detienen?”, haciendo referencia a los migrantes centroamericanos y mexicanos, uno de los entusiastas republicanos exclamó que “disparándoles”, a lo que Trump le contestó de forma burda que sólo en Florida Panhandle (también conocida como la Redneck Riviera) se podía salir con la suya al hacer ese comentario.

Habiendo establecido esta particularidad sobre la narrativa de segregación y exclusión estadounidense, sumada a la permisividad de que exista este tipo de manifestaciones, es preciso apuntar a la característica racial de los perpetradores de estos crímenes a lo largo de la historia.

 

Crecimiento del racismo (y uso de armas) en tiempos modernos


De acuerdo con la base de datos sobre tiroteos masivos en Estados Unidos de la revista política Mother Jones, de los 114 que ocurrieron desde 1982, el 56 % fueron perpetrados por hombres blancos. A este odio se le suma una ridícula permisividad y accesibilidad a armas de fuego, que en definitiva complica sustancialmente la convivencia social libre de miedo, entre personas de distinto origen.

De los 112 casos de tiroteos masivos, encontramos que alrededor del 70 % de las armas utilizadas fueron adquiridas legalmente en Estados Unidos. Esta permisividad ha terminado con la vida de 731 personas desde 1982 hasta la fecha (decesos tipificados en tiroteos masivos). Durante 37 años, la sociedad civil ha fallado en ejercer una presión efectiva para controlar la compra y venta de armas de forma legal en ese país. 

Pero ¿en dónde descansa esta falta de respuesta a un problema tan evidente por parte de un gobierno a quien le parece indiferente?

Bien, pues resulta que la política estadounidense depende en gran medida de los grandes lobbies, esos grupos de presión política que influyen de forma directa en las decisiones de la administración pública para promover sus intereses e influir en la toma de decisiones y de llevar al país;  para fortuna de los republicanos, la Asociación Nacional del Rifle (NRA, por sus siglas en inglés) es una gran promotora y entusiasta del partido y de Trump.

De acuerdo con un artículo de Newsweek de 2019, se estima que la NRA gastó más de 30 millones de dólares para favorecer electoralmente a Trump, a través de un sistema de financiamiento con los Comités de Acción Política (PAC), famosos por donar cantidades exuberantes de dinero a todas campañas políticas en EU, en aras de verse favorecidos. Técnicamente, esto amarra de forma sustancial al presidente a limitar su actividad en contra de la regulación y venta de armas, sin embargo, algo se tiene que decir.

 

Regulación de armas, enfermedades mentales y deportaciones


Con relación a lo ocurrido en El Paso, mientras que los republicanos se enfocaban en un discurso limitado y absurdo sobre la restricción de los videojuegos con violencia para no quedar mal con la NRA, México ya preparaba una denuncia por terrorismo ante los ataques, exigiendo una respuesta oportuna, urgiendo el control de armas y demandando un proceso de extradición a Crusius.

Es la primera vez que nuestro país interpone una demanda de esta naturaleza, la cual es oportuna y completamente sensata. Sin embargo, surge un pequeño problema, ya que las acciones que pretende implementar el gobierno estadounidense sobre el caso concreto no exceden una posible regulación de la venta de armas a través de la revisión de antecedentes y un programa de prevención oportuna para enfermedades mentales. 

A pesar de que es complicado comprobar los motivos raciales en un tiroteo a simple vista, lo que es muy claro es que este ya mencionado discurso está potenciando una política de odio. Tan sólo a principios de agosto, detuvieron a 680 indocumentados en lo que fue uno de los operativos antinmigrantes más grandes de la última década. Entonces no es sólo la forma, es el fondo.

 

La segregación tiene muchas formas, el odio es maleable y el rechazo a veces discreto, pero recalcitrante… Y aquel sueño americano no era más que eso, un sueño, y los sueños, sueños son.






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