CAPITAL HUMANO

Por - CNEC
10-02-20 16:20

Motivación y bienestar en Recursos Humano

Jorge Eulalio Hernández. Historiador, escritor e ilustrador. Director de Strepitus S. C. y fundador de Eulalian Academy. Consultor en storytelling, gestión de recursos humanos con un enfoque intergeneracional, lenguaje corporal y arte para marketing.

 

Hace poco conversaba con un amigo sobre el creciente sentimiento de ansiedad, frustración y depresión en las personas jóvenes, sobre todo al tocarse el tema laboral. Esta fue una de por lo menos diez interacciones con diferentes personas cercanas que me confesaban lo mismo: no solamente se trata de desempleo, recortes de personal, salarios bajos y malos ambientes laborales, sino además de una bajísima disposición por trabajar bien, una especie de apatía ante todo, la cual se instala en rincones muy profundos.

 

La lucha contra la desmotivación

En los últimos meses de 2019, tuve la oportunidad de impartir cursos a empresas muy diferentes entre sí. Aunque el curso se trataba sobre mejorar el carisma, refinar el lenguaje corporal y procurar un rendimiento óptimo en el personal de ventas, casi todos los grupos con los que trabajé me expresaban la misma problemática: el cansancio, la apatía, la depresión, la ansiedad y los trastornos del sueño encabezaron la lista común.

Cabe destacar que no todos mis asesorados eran gente joven, sino también personas con muchos años de experiencia que compartía esta misma zozobra y desmotivación.

En ocasiones, uno va preparado para compartir técnicas, recetas de actuación que pueden ayudar a un vendedor a ganarse la confianza del cliente, y posiblemente cerrar una transacción. Sin embargo, aunque siempre he estado consciente de que las ventas tienen que ser un acto sincero y que la verdadera confianza del vendedor no puede ser simulada, nunca me había enfrentado a tal desmotivación, y apenado pero a tiempo de hacer un cambio, tuve que recorrer algunas fechas para intentar comprender y proponer una solución a estos problemas.

 

En busca del mar

De impartir un curso como apoyo a Recursos Humanos, pasé rápidamente a dar una especie de terapia grupal e individual al personal de cada empresa. Me di cuenta de la enorme necesidad de desahogo que tenían los empleados, cuando me contaron, sin filtro alguno, los problemas que tenían en casa, los roces con sus compañeros, las quejas secretas que tenían para con sus superiores y hasta los años que no habían visto el mar. De todas esas confesiones, la que más me llamó la atención fue la última, la del mar.

“No necesitaría meterme en él, tan sólo verlo. Incluso sólo escucharlo por la noche y ver las estrellas, porque aquí no se ven”. Me lo dijo una vendedora con muchos años de experiencia en esa empresa. Decía que llevaba tanto tiempo de esta manera que sus días eran como automáticos, y recordé una canción del gran Trent Reznor que dice: “creo que puedo ver el futuro, porque siempre repito la misma rutina…”.

 

Una presión latente

Con el permiso de cada entrevistado, anoté muchos de estos deseos y desahogos, esos secretos que se acumulan en la cabeza de cualquier persona que trabaja sin interrupción, como vapor en una olla exprés. Después de muchas lecturas a estas anotaciones, me dirigí a las personas que me habían contratado y les compartí, obviamente sin revelar identidades o específicos, de qué estaba compuesto el vapor de sus ollas.

Sin embargo, mucho más preocupados en adivinar a los autores de cada inquietud que en la solución de un problema grave de motivación de personal, todos me dijeron que no había un remedio. Los horarios laborales son lo que son y solamente así funcionan sus empresas. Lo comprendí.

Si los directores de empresas no están dispuestos a hacer cambios radicales al recortar horas de trabajo y optimizar las horas restantes, ¿qué podía hacer yo para ofrecerle una solución a los empleados?

 

Comenzando a experimentar

Recordé, algunos días después, que lo único que podemos decidir es lo que hacemos, y fue ahí donde encontré el principio de una solución. Pasé un rato investigando sobre nutrición, formación de hábitos, eliminación de vicios y ejercicio, y cuando me sentí lo suficientemente documentado como para proponer una nueva aproximación, decidí cometer el pecado que evitan en tantos ámbitos empresariales: experimentar.

En las primeras versiones de mis cursos, yo iba de traje, con una presentación de Power Point y me paraba enfrente de todos, como en un salón de clases. En la segunda versión, decidí ir con ropa mucho más casual y me senté en una mesa redonda con cada grupo. Les hablé sobre las numerosas técnicas de respiración que nos ayudan a relajarnos, a concentrarnos y a cultivar mejores sentimientos; les compartí algunos consejos para comer bien, a pesar de las eternas prisas matutinas, y les informé un poco sobre los nuevos descubrimientos que relacionan la nutrición con el bienestar emocional; por último, abordamos el tema de la formación de hábitos y la importancia de siempre tener un tiempo para uno mismo.

 

Pequeños y significativos momentos

Algunas semanas después, tuve la oportunidad de entrevistar a algunos de mis asesorados. Para mi sorpresa, había funcionado, pero sólo para muy pocos. De cada grupo no tuve más de tres personas que habían decidido cambiar su rutina y tener una vida un poco más saludable, ¡incluso hubo gente que decidió comenzar a bajar de peso! Pero la mayoría desmotivada permaneció con una fuerte preocupación. Entre esas personas, estaba la que deseaba ver el mar, “aunque fuera un ratito”.

¿Solucionaría su desmotivación el llevarla al mar ese “ratito”? Una postura cínica diría que no. Pero después de algunas sesiones más, en lo que di seguimiento a cada grupo, me di cuenta que era posible que estos pequeños momentos pudieran ser más que suficientes para poder volver a levantar el ánimo de un mayor número de personas.

El ser humano es un universo de símbolos. Cada estímulo que percibimos con los sentidos puede ser interpretado de maneras muy profundas, que se transforman en poderosos sentimientos. Para mucha gente, por ejemplo, el mar es un lugar relajante, mirar las estrellas es algo bello, pero lo que realmente nos sucede cuando nos enfrentamos a esos y muchos otros ejemplos de las maravillas de la naturaleza es algo muy serio: todo eso nos recuerda que somos parte de algo que no comprendemos y que, sin embargo, tenemos lugar en ello.

En pocas palabras, cada encuentro con estos momentos es una cita con un recordatorio existencial. No tiene nada de descabellado el decir que uno se “siente vivo” cuando respira un mejor aire, o relajarse al ver la inmensidad del mar hasta el horizonte, coronar un día con un atardecer que nos recuerda que todo acaba y algo nace.

Todos estos momentos, que no tienen cupo en el espacio empresarial, deben tomar una importancia que muchos no quieren reconocer. Hay que devolverle la humanidad al espacio laboral y, sobre todo, a cada trabajador.

Quizá sea muy difícil mandar a todos “un ratito a ver el mar”, pero definitivamente es posible cambiar la forma en la que se gestionan los recursos humanos, se supervisa el bienestar emocional de cada persona y se procura un espacio laboral que nos haga sentir un poco más en contacto con nuestras emociones, contrario al diseño antiemocional que aún se procura en muchos espacios.





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